Cuando la enfermedad toca la mente: historias que no se cuentan
Cuando la enfermedad toca la
mente: historias que no se cuentan
Durante años hemos hablado del
cáncer como una enfermedad del cuerpo. Medimos tumores, contamos ciclos de
tratamiento y celebramos remisiones. La conversación pública se llena de cifras,
avances médicos y estadísticas de supervivencia. Pero hay algo que casi nunca
aparece en los titulares: la salud mental de las personas que lo enfrentan.
El cáncer no solo afecta los
órganos, también afecta los pensamientos y las emociones. El día del
diagnóstico no solo cambia un expediente médico; cambia la manera en que
alguien ve su vida. De pronto, todo se divide en un “antes” y un “después”. Lo
que antes era rutina se vuelve incierto, los planes se suspenden y la palabra
“futuro” adquiere un peso distinto. La vida cotidiana se llena de decisiones
difíciles, consultas médicas y preguntas sin respuesta, y eso genera una
presión emocional constante.
Muchas personas describen esta
etapa como vivir en alerta permanente. Cada síntoma provoca miedo y cada
estudio genera ansiedad. La mente no descansa. La incertidumbre se instala como
una sombra que acompaña incluso los momentos de calma. Y aparece un duelo
silencioso por la vida que se tenía antes, por la espontaneidad y la sensación
de control que se pierde. Es un dolor invisible que a menudo pasa
desapercibido, pero que marca profundamente la experiencia de la enfermedad.
Aún hoy persiste la idea de que
quien enfrenta un cáncer debe mostrarse fuerte, optimista e inquebrantable.
Como si sentir miedo o llorar fuera una señal de debilidad. Como si la
fortaleza consistiera en callar lo que duele. Esta presión social añade otra
carga emocional, que puede aumentar la ansiedad y la sensación de aislamiento.
La realidad es otra. La depresión y
la ansiedad son frecuentes durante la enfermedad, y atenderlas no es un lujo,
sino una parte esencial del cuidado integral. Las personas que reciben
acompañamiento psicológico enfrentan mejor los tratamientos, toman decisiones
con mayor claridad y atraviesan la enfermedad con menos sufrimiento. Además,
contar con redes de apoyo, familiares, amigos o grupos de ayuda puede marcar
una gran diferencia en la calidad de vida.
Necesitamos cambiar la conversación. Así como celebramos avances en cirugía o medicamentos, también debemos hablar de apoyo emocional, terapia y contención. Sanar no significa solo eliminar células malignas; también implica preservar la dignidad, la esperanza y el sentido de vida.

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